
Existe una tendencia #humana a sentir que aquello que queda fuera de nuestro campo de visión, de nuestro alcance o de nuestras sensaciones inmediatas pareciera detenerse. Como si al cerrar una puerta, apagar una luz o alejarnos de un lugar, la realidad que dejamos atrás quedara suspendida, estática, esperando nuestro regreso. Sabemos #racionalmente que las cosas continúan ocurriendo, pero nuestra experiencia subjetiva tiene límites, solo podemos percibir una pequeña parte de todo lo que sucede a nuestro alrededor.
Por eso, nuestro hogar y los espacios cercanos pueden convertirse en una especie de centro de realidad. Allí escuchamos sonidos, vemos movimientos, reconocemos rostros, sentimos temperaturas y participamos directamente de lo que ocurre. Lo que está fuera, en cambio, se vuelve una abstracción: sabemos que las personas siguen trabajando, que las calles continúan llenándose, que alguien puede estar viviendo una alegría o atravesando un problema, pero al no presenciarlo, nuestra mente puede #experimentar esa realidad como distante, casi irreal.
Quizá esto revela algo profundo sobre nuestra conciencia, no vivimos la totalidad del mundo, sino una versión del mundo construida a partir de lo que podemos percibir. La realidad no desaparece cuando dejamos de observarla; simplemente deja de formar parte de nuestra #experiencia inmediata. Recordarlo puede ayudarnos a comprender que detrás de cada puerta, cada ventana y cada lugar al que no llegamos, existe una vida que continúa desarrollándose con la misma #intensidad que la nuestra. El mundo nunca se queda quieto cuando dejamos de mirarlo.
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