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10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Los especialistas pueden ayudar a ver diferencia entre hijos ingratos y víctimas de una educación tóxica. Por ejemplo, el psicólogo clínico Seth Meyers y el profesor Preston Ni en sus artículos hablan sobre los padres que, con su comportamiento, arruinan la vida de sus hijos. Pero la crianza es un trabajo duro, y no tiene sentido culpar a los padres de “no ser ideales”. Con este criterio podríamos decir que los superhéroes “salvan el mundo de manera poco filosófica”. La línea entre los errores paternos y el perjuicio directo puede ser muy fina. Este artículo se centrará en las personas que dañan moralmente a sus hijos. Sigue leyendo para averiguar cómo reconocerlos y protegerse.
Un padre tóxico pone ante el niño tareas contradictorias. Ellas constituyen un desafío más serio para la lógica que la orden de cerrar la boca y tomar la sopa. Te proponemos averiguar qué mandatos no se pueden cumplir sin daños para la psique.

1. Témeme — ámame

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Muchas veces, los padres tóxicos les otorgan a los ataques emocionales formas inesperadas: el cuidado, el rigor, la lucha con los caprichos. En esas familias, por el sonido de las llaves y la microvibración de los pasos, los niños entienden de qué humor ha regresado a casa el padre. Sus vidas pasan entre sesiones de lavado de cerebro.
Los padres tóxicos se ofenden cuando sus intentos de infligir un bien se perciben con cautela. En esos casos recurren a su monólogo favorito: “Todos los niños son normales, pero de ti es inútil esperar amabilidad o afecto”.

2. Comprende los problemas de los adultos — sigue siendo un niño pequeño

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
En las familias tóxicas, los padres responsabilizan a los hijos por sus decisiones. Por ejemplo, el niño puede pensar que por culpa de su mal comportamiento el padre tiene que calmar los nervios con una “mezcla fuerte”.
Más tarde, el niño se convierte en cómplice involuntario de los dramas de los adultos. El adolescente escucha las quejas de los padres, digiriendo detalles innecesarios. Tiene que adaptarse a la “difícil situación familiar”, ponerse en el lugar de los padres, ayudar, consolar. Por desgracia, el cúmulo de obligaciones no incluye el derecho a la opinión propia.

3. Sé el mejor — no te olvides de que eres un inútil

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Los padres narcisos esperan del niño solo los mejores resultados. Sin embargo, las victorias se dan por sentadas. Si has triunfado: era lo que se suponía que hicieras. Si has fracasado: recibes tu dosis de humillación. Los comentarios de los padres en la infancia arruinan la vida. La persona crece con la sensación de que nunca fue lo suficientemente buena para sus padres.

4. Ábreme tu corazón — no te sorprendas por “el cuchillo en la espalda”

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Los padres tóxicos literalmente exprimen las confesiones de sus hijos por todos los medios posibles. La mayoría de las veces, generando en el hijo/hija el sentimiento de culpa. Después, la información obtenida se usa en contra del interlocutor. Hay varios escenarios:
  • Los detalles de la vida personal del hijo/hija serán conocidos por otras personas: parientes, vecinos y, a veces, vendedores del mercado local. Una salsa llamada “¿Y qué tiene?” ocultará la amargura de los reclamos.
  • El padre obtendrá una excusa para reprochar o hacer comentarios sarcásticos: “Si eres tan bueno, ¿entonces por qué... (inserta los hechos confesados)?”

5. Eres malo — no te atrevas a ser mejor

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Cuanto más baja sea la autoestima del niño, más fácil es hacerlo bailar al ritmo familiar. Los padres tóxicos hablarán con entusiasmo sobre los errores y fallas de su hijo o hija. Muchas veces, el énfasis se da en la apariencia, ya que es un punto débil de fácil acceso. Si no hay “defectos” obvios, se usarán los inventados.
Los intentos del niño por deshacerse de los complejos serán saboteados. Porque los buenos resultados aumentan la autoestima. Los padres tóxicos no necesitan un hijo “mejorado” que muestre fuerza de voluntad, sino un “saco de boxeo” al que golpear sin que responda.

6. Desarróllate — tacha tus planes para el futuro

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Al niño se le exigen informes de su progreso. Al mismo tiempo, se ignoran las formas de alcanzar los objetivos. Por ejemplo, hay que avanzar en la carrera profesional, pero siendo el trabajador auxiliar de mamá. O generar vínculos útiles sin salir de la cocina.
Un padre narciso se alegra del bienestar de su hijo por dos razones:
  • Los éxitos de los hijos se pueden usar para causar envidia en los demás.
  • Los hijos exitosos proporcionarán acceso a una vida mejor.
También hay otros motivos. Al niño se le habla de los escenarios idealizados para recordarle periódicamente la distancia entre él y el preciado objetivo. La calificación de “insuficiente” quedará en el inconsciente del niño para siempre.
Muchas veces, la vida pone a los padres tóxicos ante una elección. ¿Qué es mejor, perder el control sobre el niño, recibiendo más beneficios para la familia, o viceversa? Lo más probable es que no cedan el control.

7. Sigue mis instrucciones — cúlpate a ti mismo por los malos resultados

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Los padres narcisos se comportan con el niño como si les perteneciera. Participan activamente en la planificación de su vida, reaccionando negativamente a cualquier clase de objeción. Las consecuencias del control sofocante no se tienen en cuenta. Si algo sale mal, la culpa es del el “ejecutor”.
“No importa cuál sea la decisión correcta, si la tuya o la mía. Lo importante es que no sea la tuya”, este es el lema principal de un padre tóxico.

8. Vete — no me dejes

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
En las familias normales, el deseo de un hijo adulto de separarse se percibe como algo natural. Para los padres tóxicos, la separación de los niños es como el lanzamiento de un “Rover” a Marte: es un evento real, pero que ocurre rara vez en algún lugar lejano.
El hijo se mantiene dentro del campo de alcance bajo cualquier pretexto, pero, regularmente, se incrementan las prohibiciones y límites paternos. La participación plena en el consejo familiar también está prohibida.
¿Qué quiere realmente un padre tóxico? Que su hijo adulto permanezca a su lado, pero sea tranquilo y obediente.

9. Acepta mi ayuda — deja de “exprimirme”

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
Los padres ofrecen algún tipo de ayuda, de la que tranquilamente se puede prescindir. Un rechazo de esta provoca ofensa. Al hijo se le cruza el pensamiento: “Probablemente mis padres quieran sentirse útiles”. La ayuda se acepta y se agradece, se presta alguna colaboración a cambio (no estamos hablando sobre los hijos parásitos). ¿Final feliz? No llegará, porque los padres tóxicos tergiversarán la trama de esta historia. Según ellos, la esclavitud de por vida será el pago adecuado por un frasco de mermelada casera.
Los hijos se convierten en dobles rehenes morales:
  • Al tratar de rechazar la ayuda de los padres. Es malo dar la espalda cuando las personas cercanas están tratando de ayudar.
  • Habiendo recibido la calificación de “deudor eterno”. Los padres han trabajado muy duro en el campo: ¿acaso es tan difícil ayudarlos? Aún si por “ayuda” se entiende “ven con urgencia a las 9:00 de la mañana de un sábado a llevarte el cubo de manzanas, que se van a pudrir”.

10. Confía en mí — siempre mantente alerta

10 Signos de padres tóxicos que arruinan la vida de sus hijos sin darse cuenta
¿Privacidad? ¿Espacio personal? Pff... Según los padres tóxicos estás pronunciando mal las palabras “revisión” y “control”.
Es moralmente difícil limitar el acceso al territorio personal: los padres te acusarán de no confiar en ellos. Vivir separado no te salvará: el juego de llaves entregado “por si acaso”, será usado más de lo que piensas. Después de cada revisión, tendrás que justificarte. ¿Qué, por ejemplo, hace esa taza sucia sobre la mesa? ¿Por qué se gastó tanto dinero en esa tontería?

¿Cómo comportarse con los padres tóxicos?

Escapar de las relaciones tóxicas es difícil. Incluso para los hijos adultos que viven solos. Sin embargo, los expertos dan una serie de consejos universales que permiten proteger los límites personales sin llegar al extremo de quemar los puentes. Para empezar, hay que aceptar algunos hechos importantes:
  • El pasado no se puede cambiar.
  • Las relaciones tóxicas se parecen a las enfermedades crónicas: es poco probable que se puedan “curar”, así que el objetivo principal es evitar las exacerbaciones.
Las recomendaciones de los psicólogos se basan en la comprensión de que una persona tiene derechos y deseos por los que no debería avergonzarse:
  • Vivir separado y según las propias reglas.
  • No participar en la solución de los pequeños problemas cotidianos de los parientes.
  • Restringir el acceso al territorio propio.
  • Acumular experiencia, ignorando el “Yo sé mejor qué hacer” de los padres.
  • Manejar los recursos propios: el tiempo, la energía, el salario.
  • No sacrificar intereses personales por el “hay que” momentáneo de los padres.
Es importante recordar que estos derechos son válidos para ambas partes. No se puede alejarse de los padres, y a la vez dar su ayuda por sentado.
Estaremos felices si caracterizas las situaciones enumeradas con la palabra “tonterías”. En ese caso, puedes agradecer a tus padres por ser normales y buenos contigo. Pero si las historias han tocado las cuerdas de tu alma, comparte tu experiencia. ¿Has logrado resistir la presión de los padres tóxicos?
Ilustrador Marat Nugumanov para Genial.guru 
¿CÓMO SALIR DE ESTA FAMILIA TÓXICA?

Amarantha Vázquez sábado, 19 de enero de 2019
¿Mi bebé seguiría vivo si yo no hubiera vuelto a trabajar tan pronto?

Como casi cada una de las mañanas de los 117 días que vivió, lo primero que hizo Karl aquel lunes de julio fue regalarme una sonrisa del tamaño del sol. Estuvo un rato echado en la cama, entre su papá y yo, intercambiando miradas con ambos, tratando de levantarse, haciendo ruiditos de placer. Aquella mañana, que comenzó como todas las demás, iba a ser diferente. Era el día que mamá volvía a trabajar.

A diferencia de otras madres que conozco, me sentía afortunada por haber disfrutado de tres meses de permiso de maternidad pagados. La mayoría de los padres disfrutan de pocas semanas antes de dejar a los bebés y regresar al trabajo. Después de tres meses juntos, ya tranquilos porque el cuello de Karl era lo suficientemente fuerte como para levantar la cabeza, aún no estaba del todo cómoda con la idea de separarme de él. Quería dedicarle más tiempo y cuidados, esperar a que creciera un poco más. Era totalmente consciente del valor del apego durante la primera infancia y de que mi compañía le aportaba seguridad al navegar por este mundo, nuevo para él. Sentía que me miraba para aprender, para dimensionar su propio mundo. No tenía duda de que se sentía seguro. Aunque se trata de una época dura, en la que una se siente exhausta, cada minuto con Karl era una inversión tanto en su bienestar actual como en el futuro. Sin mencionar, claro está, que me fascinaba.

Lo pensé. Con lo que cuesta una guardería en Nueva York, tampoco era que trabajar fuera tan rentable. Lo que complicaba el problema era que si dimitía nos quedaríamos sin seguro médico. Mi compañero, Lee, es freelance y Karl estaba cubierto por mi seguro.A medida que el final del permiso se aproximaba, le pedí más tiempo a la empresa para la que trabajaba. Sin salario. El departamento de recursos humanos me dijo que no era posible extender un permiso de maternidad. Toqué más arriba. ¿Dos meses, quizás? No había nada que hacer. La única opción era renunciar.

Somos afotunados: nos sentamos, hicimos cuentas y vimos que los ingresos de Lee cubrían la comida y el alquiler de varios meses. Pero no daban para pagar el seguro médico de una familia de tres. Sin mencionar esa cantidad que uno guarda en el caso de que haya una emergencia médica. A eso había que sumarle que tenía mucho miedo de quedarme sin trabajo. No tengo un título universitario y aunque he conseguido un buen puesto en una editorial, me abrumaba el simple recuerdo del año que pasé desempleada tratando de que mi currículo superara la barrera de los algoritmos de las ofertas de empleo en línea. Si tuviera que hacerlo de nuevo, sería con un bebé en brazos.

Que Lee dejara su trabajo nunca fue parte de la discusión. No había manera de que pudiéramos asumir todos nuestros gastos con mi salario, mucho más bajo que el suyo.

Así que hicimos lo que nos pareció más responsable. Tras una larga búsqueda, listas de espera, entrevistas y una buena dosis de angustia, nos decidimos por una guardería cerca de mi trabajo. Así podría ir a verlo y darle pecho durante el mediodía y no estaríamos separados más de unas pocas horas seguidas en cada ocasión. Era un lugar recomendado por muchas madres que conocía en circunstancias similares a la mía. Me pareció un lugar seguro y lleno de amor para Karl.

Me justifiqué a mí misma de un millón de maneras diferentes. Del mismo modo que una se justifica cuando toma una decisión para la que no ha tenido demasiadas alternativas. Es hijo único y le gustará estar rodeado de otros niños. Hay niños que han estado allí desde que tenían seis semanas y Karl tiene 15. ¡Es fuerte y no ha estado enfermo un solo día de su vida! ¡No es que vaya a morir!

Pero daba igual. Me sentía mal.


Aquel lunes, Lee estuvo jugando con Karl mientras yo me duchaba y preparaba las cosas. Coloqué a Karl en su portabebé y nos fuimos en metro al centro. Me sentí llevada hacia la calle, empujada al interior del tren, transportada por un sistema que no me daba otra opción que sucumbir ante la inevitabilidad con la que se encuentra la madre de cualquier bebé en Estados Unidos.

Karl parecía curioso y despreocupado. Miraba a su alrededor y sonreía. En el vagón del metro alguien me cedió su asiento, aflojé las correas del portabebé y traté de que el bebé se centrara en tomar pecho. Esta alimentación extra en el metro le serviría a él para llegar con el estómago lleno y a mí para mantener mi producción de leche, pues a partir de ahora tendría que extraer mi leche para llenar sus botellas. Con una cobijita evité que el hombre sentado a mi lado viera mi pecho al descubierto en su camino al trabajo.

Llegamos a la guardería a las 9:30. La asistente se acercó a Karl con los brazos abiertos y dijo “¡Hola!”. Karl la miró con detenimiento y respondió con una inmensa sonrisa. La propietaria contó la misma broma que probablemente contaba a todos los padres que dejaban a sus hijos por primera vez: lo peor que podía pasar en su primer día era que lo atropellara un camión de juguete. Me tranquilizó. Así se sentía todo el mundo.

Regresé a la guardería a las 12:15 para amamantar a Karl. Tenía tantas ganas de ver a mi hijo que corrí las dos cuadras que me separaban de él. Subí los escalones de dos en dos hasta la segunda planta y al llegar me di cuenta de que la puerta estaba medio abierta. Me pareció raro que dejaran la puerta abierta con tantos niños pequeños dentro. Doblé la esquina y esperaba recoger a mi hijo, sentir sus lonjitas, ver cómo se le iluminaba la cara al ver a su mamá.

Pero yacía inconsciente sobre un cambiador, con los labios morados. La propietaria intentaba aplicarle reanimación cardiopulmonar, pero lo hacía de manera incorrecta.

Nuestro hijito murió dos horas y media después de haberlo dejado por primera vez en otras manos.

¿Habría muerto si hubiera estado conmigo aquella mañana? La conclusión del forense es que no se puede saber.

Lo que sí se sabe es que a las 11:50 de la mañana la asistente de la guardería vio que mi hijo pataleaba y se lo señaló a la propietaria, que no le hizo caso y le dijo que no hacía falta que fuera a ver qué estaba pasando. “Los bebés patalean cuando duermen”, le dijo. Veinte minutos más tarde mi bebé estaba muerto. Si la asistente hubiera ido, lo hubiera levantado, lo hubiera revisado, ¿Karl estaría vivo? No lo sé. La propietaria había puesto a dormir a Karl de lado. Se sabe que esa no es una posición segura. Si lo hubiera puesto bocarriba, ¿estaría vivo?

No lo sé.

Me lo preguntaré el resto de mi vida.


Lo que sí sé es que si yo hubiera estado con mi hijo habría ido a ver qué tal estaba en aquel preciso momento. También sé que él habría estado durmiendo bocarriba o sobre mí, como a él le gustaba.

Sea cual sea la respuesta, que ya nunca llegará, la pregunta que me hago es la siguiente: ¿Tienen que asumir los padres estos riesgos con sus bebés de semanas? ¿Hacen todo lo que está en sus manos para asegurarse de que su bebé crezca seguro para que después todo dependa de la competencia, la atención o el humor que tenga ese día una cuidadora de guardería?

Este artículo no es sobre la seguridad en las guarderías. No es una acusación contra la empresa para la que trabajo. Disfruté de un permiso de maternidad más beneficioso que los de otras personas que conozco. El artículo habla de que mi hijo murió a cargo de una extraña cuando debería haber estado conmigo.

Una madre no debería verse obligada a dejar a su bebé de tres meses con una persona extraña si se siente incómoda con la decisión. Ni a las seis semanas ni a las tres. Yo me habría quedado más tiempo en casa con él. Pero no hubo manera. Es algo que se sabe. Millones de madres en los Estados Unidos han tenido que tomar la decisión que yo tomé y han hecho lo que yo hice. Y lo hicieron aunque hacerlo fuera una tortura emocional o física.

Por supuesto, si en mi peor pesadilla me hubiera pasado por la cabeza que dejar a Karl podría significar perderlo, lo habría sacrificado todo. Habría dejado mi empleo. Lo habría llevado en mi espalda aun si tuviera que dedicarme a recoger botellas para reciclar. Lo que fuera. Haz una lista de las alternativas más locas, no se te ocurrirá ninguna que no haya pasado por mi lista de “si tan solo”. Pero la triste realidad es que aunque quizá sea una de las madres más ansiosas del mundo, nunca me pasó por la cabeza que mi bebé moriría aquella mañana.

Es fácil explicarse el porqué. El síndrome de muerte súbita ocurre en raras ocasiones y el permiso de maternidad no es una cuestión de vida o muerte en la mayoría de los casos. Pero ahora pregunto: ¿Por qué un padre o una madre deben sacrificar su puesto de trabajo, su capacidad de garantizar una atención sanitaria adecuada —o en el caso de muchos en peor situación que yo, poner comida sobre la mesa— a cambio de cuidar a sus hijos unos meses más allá del punto de vulnerabilidad?

No solo estaba en contra de que se terminara mi permiso de maternidad. Estaba en contra de una cultura que no valora el cuidado de bebés y niños pequeños. Los permisos de paternidad y maternidad reducen la mortalidad infantil, contribuyen a que haya adultos más sanos y equilibrados, y a que la mujer no abandone el mercado laboral.

Si se valorara al 47 por ciento de la fuerza de trabajo que está compuesta por mujeres, y se valorara a nuestras familias, el mundo sería diferente. Las mujeres podrían regresar a su puesto después de tomarse el tiempo que necesitan para recuperarse físicamente del parto y vincularse con sus bebés, y el sistema de salud podría manejar ese proceso de modo que no interfiriera con las revisiones médicas o la vacunación.

Ya sé. Puede que incluso en ese sistema Karl no hubiera vivido un día más, pero si hubiera estado conmigo, donde yo quería que estuviera, yo no estaría aquí sentada, atrapada por la angustia de una pregunta que no tiene respuesta.

Hay muchos ejemplos de sistemas en los que los permisos de paternidad y maternidad funcionan. Pero nuestros hijos no pueden pagar grupos de cabildeo. Somos los padres y las madres quienes tenemos que exigir más.

Amarantha Vázquez
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Amarantha Vázquez domingo, 13 de enero de 2019
‘Monpet’, la realidad de las madres sin tiempo para ellas

Así se conoce a las mujeres que dejan de disponer de tiempo personal ¿Podría ser tu caso?



Trinidad García Pinto no quiere nada material como un libro o ropa. Cuando su marido, previsor, le preguntó como siempre qué quería de regalo para el Día de la Madre, su respuesta lo descolocó. “Tiempo para mí”, dijo, y siguió con lo que estaba haciendo: preparando la ropa y la mochila del colegio de sus hijos, decidiendo qué iba a cocinar esa noche para la cena y contestando los interminables mensajes que llegaban al grupo de Whatsapp de ‘mamis’.

Trinidad es una de las tantas ‘monpet’ (‘mother with no personal time’, que traducido al español significa madre sin tiempo personal), un colectivo mundial cada vez más numeroso que desnuda un mal de época. Además de trabajar en una empresa de importación de 9 a 4, Trinidad es madre de dos hijos a tiempo completo y la principal encargada de llevar adelante la casa familiar. Es la responsable de llevar y buscar a sus hijos al colegio, ayudarles en sus tareas, cocinar, hacer las compras y limpiar, además de aportar a la economía hogareña.

Las ‘monpet’ enfrentan a diario un combo sin dudas demoledor: según un estudio reciente de la empresa de salud y alimentación norteamericana Welch’s, que se realizó en Estados Unidos entre 2.000 madres que trabajan fuera de su casa, 

una mujer con hijos en edad escolar dedica unas 98 horas semanales a tareas netamente laboriosas fuera y dentro del hogar. 

Encontraron que un día promedio empieza a las 6 a. m. y termina cerca de las 8:30 p. m., cuando los hijos se acuestan a dormir. Incluso los fines de semana dedican varias horas del día de ‘descanso’ a cuestiones del hogar y de cuidado de sus hijos mientras su pareja se dedica al ocio. Otra conclusión interesante a la que llegaron los investigadores es que, en términos de horas, una madre norteamericana trabaja el doble que una mujer sin hijos.

En Colombia, las diferencias en la participación son casi idénticas: según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (Enut) del Dane en el periodo 2016-2017, las mujeres dedican una hora y cinco minutos más que los hombres a actividades de suministro de alimentos para el hogar. De acuerdo con datos de 2018 del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Bogotá, el 77 por ciento del total de horas de trabajo doméstico es realizado por mujeres. Ellas emplean cinco horas y 33 minutos semanales a las tareas del hogar frente a las dos horas y 22 minutos que dedican los hombres.

“La mayoría coincide en que, actualmente, los hombres, en el marco de parejas heterosexuales, asumen más responsabilidades en tareas del hogar que en otras épocas, como limpiar, cocinar y hacer las compras, pero no son los responsables primarios de esas tareas. La evidencia indica que las mujeres, aunque también trabajen fuera de casa, dedican más tiempo a las tareas de cuidado y crianza no pagas del mundo doméstico. Y esto hace que todavía resignen sus espacios y tiempos personales”, plantea Mariela Mociulsky, directora de la consultora Trendsity.


Una mujer con hijos en edad escolar dedica unas 98 horas semanales a tareas netamente laboriosas fuera y dentro del hogar.Según diversas encuestas que realizó la consultora a lo largo y ancho de la región acerca de cómo los nuevos padres están transmitiendo los imaginarios de género en la crianza de sus hijos, todavía es claro que la actual es una etapa de transición. “Desde lo discursivo, hoy hay mucha aceptación hacia la mayor igualdad de oportunidades, decisiones y roles. Pero luego, en el funcionamiento de los hogares, el sesgo inconsciente sigue existiendo, hay contradicciones y culpas –asegura la especialista–.Por un lado, se reparte de manera más equitativa, las mujeres tienen más claro que pueden tener sus tiempos, sus salidas con amigas y sus actividades fuera de casa. Lo reclaman como algo justo y necesario. Varias dicen ‘yo también trabajo y tengo derecho a tener mi tiempo libre’. Pero es algo más discursivo que otra cosa. No es del todo parejo aún. Los cambios se ven más en los hogares de familias ‘millennials’ ”.

¿Por qué sucede esto? Según Mociulsky, a muchas mujeres todavía les cuesta resignar ese espacio de “reinas del hogar” desde donde se construyó, históricamente, gran parte de la identidad femenina. “Inconscientemente hay algo de no querer soltar ese lugar”, analiza. Mientras que ellos organizan planes y salidas que son de carácter inamovible –viernes de fútbol, asado con amigos el sábado–, las mujeres aún tratan de encontrar huecos en su agenda y acuerdan en la semana con una amiga ir a tomar algo mientras esperan que el hijo salga de alguna actividad extraescolar.

Pero la conquista del espacio y tiempo personal es algo que debe salir de cada una. “En general, las mujeres cometemos el error de castigar o retar a los hombres cuando los vemos ejercer sus tiempos personales, y esto nada más porque nosotras no somos capaces de generar esos mismos tiempos o esos mismos espacios en beneficio nuestro, culpándolos a ellos de algo que están haciendo bien y que, claramente, debemos imitar. Las mujeres que no cuenten con esos espacios personales tienen la tarea de descubrirlos”, alienta la psicóloga chilena Pilar Sordo en su libro ‘¡Viva la diferencia!’

Un último dato: de acuerdo con el Dane, el 12,7 por ciento de las colombianas sienten que el tiempo no les alcanza para realizar todas sus actividades, mientras que para los hombres es del 8,1 por ciento. Es decir, son, por lo tanto, ‘monpet’.

Amarantha Vázquez
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