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EN DEFENSA DE LA MILPA




Desde hace tiempo, la gente de mi pueblo está muy triste porque le está pasando algo extraño a la tierra.  Dicen que el maíz de la milpa está como embrujado, que es como un monstruo que  acaba con la tierra.
Ya no se puede sembrar nada en la milpa, solo crecen mazorcas raras, el maíz no tiene sabor y todos sus colores rojo, amarillo, negro, café, azul desaparecieron. La gente no quiere comerlo, porque dicen que se están enfermando igual que la tierra.
Las abejas, los murciélagos y hasta los colibríes caen muertos cuando se aplican los insecticidas en la milpa. Por eso ¡ya casi no hay nada que comer! y tenemos que viajar a la capital a comprar alimentos que vienen en latas o en empaque de cartón.
Los hombres del pueblo se están yendo a otros lados a buscar trabajo, eso fue lo que hizo mi papa’ y mi hermano Doroteo, se fueron muy lejos, hasta el norte, porque en los pueblos cercanos está pasando lo mismo.
Mi abuela me platicó que, el maíz ha existido desde hace diez mil años y no lo podemos perder.
Mi mamá dice que, tenemos que hacer algo para salvar nuestra tierra, por eso organizó a las mujeres del pueblo para ya no comprar la semilla monstruo.
A muchas mujeres les da un poco de temor, porque el señor que vende las semillas monstro les advirtió que si no compran esa semilla no construirán la carretera que acorta el camino a la capital.
¡Pero mi mamá está dispuesta a pelear!
Un día las mujeres del pueblo y los pocos hombres que aun quedan se levantaron muy temprano. Eso no es raro, pues todos los días lo hacen para trabajar la tierra con la salida del sol.
Pero ese día era especial.  Se alistaban para viajar a la capital, pues participarían junto con gente de otros poblados en una concentración en la plaza central para defender la milpa.
Mi mamá me dejó acompañarla.  La plaza se fue llenando de mucha gente, se escuchaban cantos a la madre tierra, poemas, bailes a la vida, había muchos carteles con la figura de un maíz tal y como yo lo imaginaba –un monstruo- y ¡reclamos, muchos reclamos! para desaparecer a la semilla mala.
Mi mamá fue una de las oradoras de la concentración. Habló con mucho valor y coraje.  Habló con el corazón (formar un corazón con las palabras de la madre).
“Compañeras y compañeros, es momento de defender nuestra tierra, nuestra vida y la de nuestras hijas e hijos, rechacemos  la siembra de maíz transgénico. Es un crimen contra los pueblos del maíz, contra diez mil años de agricultura campesina e indígena, que dieron esta semilla para el bien de todos los pueblos de mundo”.
Los reclamos y las consignas continuaron y continuaron hasta caer la tarde.
Cuando regresamos al pueblo, las mujeres tenían otra cara, tenían esperanza. Sabían que tenían que unirse y organizarse para luchar por lo que les pertenece, una tierra digna.

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