Mi hija, además de ser buena persona, debe saber defenderse

«Mamá, yo hablaba con ella con educación, como me enseñaste, pero ella seguía diciéndome groserías», me contaba mi hija de camino al colegio. «Ella hasta se reía antes de irse».
«¿Le has contestado algo?»
Mi hija acaba de empezar el tercer año de Primaria y ya tiene tantas emociones como sufrimientos. Y sufre, no por deberes y horarios, sino porque siempre debe ser amable, como le enseñaron desde su etapa en la guardería, en una atmósfera de colegio que no siempre es amable.
Nuestro auto se detuvo, al igual que nuestra conversación. Estábamos en un semáforo, antes de iniciar la curva hacia su colegio. Yo veía a mi hija a través del espejo retrovisor. Ella bajó la cabeza y en su rostro se veía sufrimiento. Cuando por fin llegamos al colegio, ella saltó del coche con su enorme mochila, me sonrió para despedirse y se fue corriendo para entrar a clase.
Yo misma tampoco conocía la respuesta a mi pregunta. Sabía que ella había hecho lo correcto. Si ella supiera cómo responderle a la chica, lo habría hecho. Mi hija se convirtió en una niña tal y como siempre deseé verla: bondadosa, buena, generosa y amable con todo el mundo. Pero a la vez se convirtió en una niña incapaz de defenderse a sí misma. Cuando se cruza con aquello que nada tiene que ver con la bondad, se retira siempre...
A ella siempre le enseñaron que lo importante era ser amable y bondadosa. Este mensaje pasa por cada libro, cada dibujo en la pared del colegio. Yo misma siempre le repetía esto: «Siempre piensa en aquello que le pasa al otro, cómo se siente. Si una persona te ofende, seguramente algo le sucedió o simplemente ha tenido un mal día». Aunque yo, a menudo, hablaba fuerte cuando me cruzaba con este tipo de personas, delante de mi hija yo siempre me controlaba.
Intentamos enseñarle a nuestros hijos a comprender a los demás, a ponerse en la situación del otro, a adaptarse a la situación, fiel a un compromiso con los demás. ¿Pero acaso el niño no tiene derecho a tener sus propios sentimientos?
Como mi niña escucha y obedece todo lo que le dicen, ella, lentamente, va perdiendo su voz en este mundo. Ahora es más probable que ella coja un trozo de la pizza con queso que no le gusta en vez de un trozo de la que tiene jamón, solo porque ese es el único que queda después de que todos los demás eligieran a gusto y antes que ella. Es más probable que ella no levante la mano y guarde silencio en clase cuando quiere compartir su punto de vista «no típico» sobre algún tema. Le enseñamos: «sé buena». Y ella aprendió: «tú no tienes derecho a... ».
Yo debería saberlo. No soy simplemente su madre, soy aquella niña a la que criaron siguiendo esas mismas reglas. Sé que esta educación puede llevar a que, en el futuro, ella no pueda tratarse con los compañeros de trabajo a la misma altura, de igual a igual; no sé si, sin decir una palabra, soportaría humillaciones y, quién sabe, si hasta el maltrato de su pareja. Cada mujer debe conocer que la línea que divide «ser amable» y «ser de voluntad débil» es bien fina. Por eso, es muy importante entender esta cuestión antes de que sea demasiado tarde.
Tengo que enseñarle que ser amable y buena no significa ser un trapo para limpiar el suelo, hay que contestar de forma severa cuando te tratan mal. Hay que enseñar a tus hijos esto con fundamento, siendo tú misma el mejor ejemplo a seguir: hay que frenar en seco a un personaje que te ofende o utiliza más que palabras groseras.
Siempre le voy a recordar a mi hija que hay que pensar cómo se sienten los demás y por qué se portan así. Pero cuando la situación no requiera que ella sea «amable», debe saber cómo defenderse y dar su opinión. No puede permitirse que un mal día de alguien estropee su día.
Yo en realidad quiero que mi hija se convierta en una buena persona, bondadosa. Pero quiero también que ella no olvide ser buena, en primera instancia, consigo misma.

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